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La decoración interior lucía como una casita de hadas

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Hacía tiempo que nos debíamos una escapada, nos lo habíamos prometido hace mucho tiempo, demasiado……

Cuando sonó su llamada lo que menos me podía imaginar era la grata noticia que estaba recibiendo a través del auricular, por fin¡¡¡¡¡ juan ¡¡¡¡ podía disponer de tres días consecutivos para cumplir con su compromiso y dedicarme un tiempo extra.

Como siempre salimos de viaje sin un rumbo fijo, eso sí, sabíamos que en esta ocasión íbamos al norte, que por cercanía este viaje tocaba Santander, bueno Cantabria, hacía demasiado tiempo que no recorríamos sus carretera más íntimas, las que siempre nos han aportado un plus,  tanto por la belleza  de sus paisajes, rincones insospechados llenos de multicolores tonos verdes, como por las construcciones de todo tipo, auténticas joyas de arquitectura popular que en muy pocas comunidades puedes disfrutar como en esta.

acceso a cantabria

 

A los pocos kilómetros  de haber entrado en Cantabria, tomamos la primera decisión en cuanto a la ruta a tomar, por sorteo quedo establecido en ir hacia el Oeste atravesando el valle de Campoo para luego tomar dirección a la Reserva Nacional del Saja recorriendo el Puerto de Palombera, que tan maravillosos recuerdos  siempre nos ha aportado.

En Reinosa ya sabíamos donde hacer acopio de sus famosas Pantortillas y de las no menos famosas Rosquillas de Ebro, sin dudarlo dirigimos nuestros pasos a Casa Vejo, auténtico referente de la repostería de esta tierra.

Continuamos viaje por la CA-183, dejando para ocasión  entrar a Fontibre y visitar el nacimiento del Ebro, nuestra prioridad era pasar el mayor tiempo posible disfrutando de los paisajes y parajes del Saja y del Centro de Interpretación del Parque Natural Saja – Besaya, que no conocíamos y del que nos habían hablado muy bien.

Palombera

 

En Espinilla tomamos la CA-280 con dirección Cabezón de la Sal. Favorecidos por la fortuna pudimos disfruta una vez más de el mirador del Chivo y su espectacular entorno,  así como de la cascada que el río Saja  forma en su rápido descender en busca del valle de Cabuérniga a través de la Canal del Infierno, conocida como el Pozo del Amo, la cual se puede contemplar y disfrutar desde la misma carretera por la que descendemos.

Al finalizar el descenso del puerto vimos el cartel anunciador del desvío hacia Bárcena Mayor, precioso pueblo que ya visitamos en ocasiones anteriores y del que guardamos muy gratos recuerdos, pero en el transcurso del viaje ya habíamos elegido destino,  por lo cual nos tocaba descartar esta magnífica opción que vivamente recomendamos a quienes no lo conozcan porque seguro que les sorprenderá.

Sin apenas darnos cuenta y pese al madrugón, se nos había hecho la hora de comer, casualidad que el gusanillo llamara a nuestra puerta justo cuando estábamos llegando a lo que se conoce como la Venta de Santa Lucía. Lo que en su día fuera parada de postas, hoy alberga un interesante restaurante especializado en elaboraciones típicas de la zona, como lo es el Cocido Montañés, plato casi obligado de esta zona,  al que no nos pudimos resistir, ¡¡qué bueno¡¡.

A los postres nos tocaba determinar dónde íbamos a dormir, sabíamos la localidad, pero ….., difícil elección.

Así, que continuamos viaje por la CA-180 hasta Cabezón de la Sal, en esta localidad seguimos viaje por la N-634 hasta llegar a San Vicente de la Barquera, que había sido la elección tomada ya que aunque parece mentira aún no la conocíamos, pese a los muchos viajes que habíamos hecho por esta zona.

San Vicente de la Bar 008_redimensionar1

 

Según nos habían dicho, sentarse en la terraza de “El Manantial” para tomarse un refresco, es uno de los ritos obligados en esta villa, que como dice la canción tal vez sea “más bonita que ninguna de las villas marineras”,

Desde este punto, iniciamos  un paseo con dirección al barrio de “La Barquera” donde se encuentra el muelle del puerto pesquero, en la seguridad de encontrarnos barcos que estuvieran descargando algún tipo de pescado, todo un espectáculo que a nosotros los de interior  tanto nos llama la atención.

En  el puerto y siguiendo las indicaciones que nos hiciera un paisano, nos dirigimos a la ermita de la Virgen de la Barquera, patrona del pueblo y que según nos cuenta el anfitrión la celebra por todo lo alto en una fiesta llamada “La Folia”,  en la que sacan a pasear a la virgen a alta mar a bordo de uno de los barcos pesqueros de la localidad y que dada la afluencia de visitantes, está declarada fiesta de interés turístico nacional.

La Barra de San Vicente de la Barquera

 

Continuamos  recorrido el camino sugerido hasta llegar a un punto que los lugareños llaman “La Barra”, un gran muro defensivo que protege la entrada de la ría y que permite la entrada de los barcos, un paraje singular de gran belleza  que por motivos de seguridad tiene prohibido el acceso, pero que realmente merece la pena conocer.

Ensimismados estábamos cuando  que sin darnos cuenta se había hecho la hora de cenar y lo mejor es que ni nos habíamos acordado del tema dormir, concluimos en que pediríamos información en el restaurante, seguro que ellos nos sabrían informar de un buen sitio, pero…. Y donde cenábamos?

San Vicente de la Barquera 013-1_redimensionar

 

En el paseo, a lo largo del recorrido que hicimos desde el centro del pueblo hasta el puerto vimos no uno,  ni dos,  ni tres  sitios que tuvieran magnífica pinta para cenar, así lo anunciaban las vitrinas llenas de pescados que a simple vista se adivinaban fresquísimos. Ante la duda, preguntamos a varios nativos y puesto que hubo coincidencia nos decidimos por el más recomendado,  encaminamos nuestros pasos hacia “Restaurante Boga Boga”, que por algo nos había llamado la atención y mucho; es que mi Juan y Yo tenemos un ojo¡¡¡….

Conclusión de la cena, un total y absoluto éxito, tras unos “Calamares encebollados” muy difíciles de olvidar, tomamos una “Ventresca de Mero al horno” sublime, y para rematar puesto que estamos en la tierra donde la leche es la reina, como no probar un “Arroz con leche”,  hum… todavía lo recuerdo…

calamares encebollados1

 

Tras los postres y en una amena sobremesa con los propietarios, concluimos que a pesar de que ellos tienen hotel, si queríamos conocer y disfrutar de un alojamiento fuera de lo común no lo dudáramos y fuéramos a “El Molino de Bonaco”.

El Molino de Bonaco Blog

 

Tras un interesante recorrido desde San Vicente de la Barquera hasta El Barcenal, localidad donde se encuentra el alojamiento, las primeras impresiones fueron auténticamente favorables, casi casi de cuento, la finca donde se encuentra se nota que está mimada, y el edificio que alberga lo que en su día fue molino, una autentica cucada y eso a pesar que la penumbra ya pesaba más que la luz del sol.

El molino de Bonaco Blog 3

 

La decoración interior lucía como una casita de hadas, con esos pequeños detalles que denotan las ganas de agradar,  con el rumor del agua como melodía de fondo,  el aroma de la tarima de castaño,  el ligero recuerdo harinero en la piedra molar o el trato dispensado por las propietarias en su recibimiento, algo que realmente se agradece, suma cordialidad.

Con el cuerpo absolutamente cansado por un día tan intenso con tanto visto y disfrutado, que nos acostamos para retomar fuerzas y afrontar el largo día que nos esperaba, pero eso os ya os lo contaremos mañana…

 

2 Comentarios

  1. Que ilusión leer este articulo en el blog de CANTABRIA RURAL, yo estuve en EL MOLINO DE BONACO el invierno pasado y este verano repetimos… Mi pareja y yo lo encontramos a través de su web: http://www.cantabriarural.com

    Disfrutamos de un fin de semana de descanso y tranquilidad, estuvimos en la casa independiente el molino con vistas a la cascada y un encanto que nos dejó enamorados. Comodidad y limpieza en cada detalle. Pasamos las tardes paseando, escuchando el ruido del agua, junto a la chimenea y disfrutando de este rincón al que estamos deseando volver. En Septiembre repetimos… esta vez junto a unos amigos… será emocionante enseñarles este pequeño paraíso.

    A todos aquellos amantes del turismo rural os lo recomiendo, para mi ha sido un gran descubrimiento.

    Un abrazo, María y Alberto, de Madrid.

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